jueves, 18 de abril de 2013


También hemos encontrado esta otra semblanza de su alumno José Domingo Rodríguez Martín, Profesor titular de Derecho Romano y Vicedecano de la Universidad Complutense.


 

15 de Octubre de 2011

FRANCISCO TORRENT RODRÍGUEZ (1925-2009): In Memoriam

Por José Domingo Rodríguez Martín

 

«Txomin es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de  algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro...Lo llamo dulcemente: “¿Txomin?”, y viene a mí con un trotecillo alegre que parece que se ríe, en no sé qué cascabeleo ideal...».Mientras yo intentaba concentrarme para salir del embrollo gramatical en que me había metido, en un último y desesperado esfuerzo por encontrar el elemento oracional determinado por un solitario hunc en el texto del Pro Archia, Paco Torrent iba dejando caer con inofensivo sadismo estas palabras en mis oídos, alzando aquellas cejas espesas por encima de sus gafas con un aire entre paternal y guasón. A mis 17 años, intentaba yo que mi amor propio encajara con deportividad el chaparrón de sano cachondeo que me estaba cayendo encima, sin despegar mis ojos del texto latino; pero no podía evitar sonreírme ante la sutil manera en que mi profesor estaba llamándome... burro.

Último aviso: Torrent daba con los nudillos en la mesa, al conocido ritmo de «U-na co-pi-ta...», y yo, debiendo seguir las reglas de uno de sus tantos juegos surrealistas, debía acusar recibo del aviso dando dos golpes más («...de a-nís»), pero eso sí, sin despegar los ojos del papel, tozudo. Y es que a esas alturas, en mi segundo año consecutivo de latín con «el Torrent», había asumido la actitud de no claudicar jamás ante un desafío intelectual.

Y no era para menos: pasado el tiempo graciosamente concedido para la resolución del problema, la explicación no llegaba sin que recayera sobre la cabeza del alumno otra andanada final de guasas inmisericordes, que uno tenía que aguantar con actitud entre ofendida y expectante, pues todas eran tremendamente divertidas... Aquel día recurrió a su tradicional fórmula de absolución del analfabetismo: «Ego te absolvo a peccatis tuis...», como decía siempre bendiciéndote con los ojos cerrados teatralmente; después, su famoso y colorido encadenamiento de improperios («infame, malvado, réprobo, impío, miserable», siempre en la misma secuencia), para finalizar con el mote que a cada alumno nos había tocado; en mi caso, «Txomin, más que Txomin», en referencia a un tristemente célebre etarra tocayo mío que, por lo visto, trataba el texto de la Constitución Española como yo trataba los textos clásicos.Por fin, la solución al problema: se levantó, acercó un cenicero de pie metálico del pasillo, y lo puso al lado de la mesa. Después nos presentó: «Txomin, Arquías; Arquías, Txomin». Después me dijo: «Si fueras Cicerón, y tuvieses a tu lado a tu defendido mientras hablas al tribunal, tal y como está este cenicero ahora, ¿cómo te referirías a él?». Se me hizo la luz: «¡Hunc, claro! ¡No hace falta más!». «Perfecto —dijo él—, y para que no se te olvide, cada vez que leamos el Pro Archia y aparezca hunc, le atizas al poeta a la vez, ¿de acuerdo? De hecho fíjate que al darle al metal suena un poco a hunc...».

Así pasaron, entre muchas risas, más estudio, algunas bromas pesadas y mil deberes para casa, los dos inolvidables cursos de 1987- 1989: mi tercero de BUP y mi COU. Había caído en manos del profesor Torrent al elegir la opción de letras en el Bachillerato Internacional, que se impartía en el colegio en el que estudié toda mi vida escolar: el instituto madrileño Ramiro de Maeztu. Sólo dos de los alumnos de letras del BI escogimos Latín, y mi compañero salió huyendo(cambió su opción por Geografía, creo) al comprobar el primer día de clase lo que suponía ser alumno «del (temido) Torrent». No le culpo: ese primer día nos mandó a cada uno a un rincón por no saber en qué edificio del Instituto estaba el minúsculo Seminario de Latín. Era broma, obviamente, pero sospecho que la adolescencia de mi compañero no estaba para sobresaltos académicos...Ni la mía, dicho sea de paso: cuando me vi a solas con Torrent—pues el Ramiro no anuló la asignatura para mantener intacta la optatividad del Bachillerato Internacional—, también yo pensé en huir; pero intervino mi profesora de Historia, la catedrática Rosa Muro, quien me advirtió que era un privilegio el haberme quedado como único alumno de quien sin duda era uno de los mejores catedráticos de latín de toda España, por no decir el mejor. Me fié de ella, qué remedio; cosas de la auctoritas de tus maestros.

Es difícil describir la experiencia académica que viví aquellos dos años. Si el lector conoce alguna vez a algún buen alumno de Torrent, no dude en preguntarle por él: nunca acabará de escucharanécdotas nuevas; tan ricas en eventos indescriptibles eran sus clases. Algunas nos han sucedido a todos: si Torrent veía a algún alumno suyo por los pasillos del Ramiro, charlando con sus amigos de ciencias, le conminaba a demostrar a todos los presentes lo bien que se pasaba en clase de Latín; ponía sus brazos en jarras, y entonaba su famoso «Quo vadis cum mantone manilense?», al que había que responder en la misma postura y, por supuesto, en latín... para regocijo (y en el fondo envidia) de los compañeros... Otras anécdotas constituían un raro privilegio, como en mi caso la oportunidad de ver a Torrent pasar por el patio tumbado en una mesa que transportaban entre risas dos bedeles, mientras me explicaba: «Qué quieres,Txomin... les he preguntado que si iban de camino al edificio de COU, y claro...».

Pero que esta sucesión de anécdotas no llamen a engaño: Torrent usaba el humor conscientemente, como un eficacísimo método docente , pero siempre combinado con una exigencia absoluta de perfección en el trabajo. Perfección a la que debíamos aspirar no para obtener buenas calificaciones, sino para ser mejores en todo, pues todo en los textos que leíamos (el asalto a Troya, la denuncia de la conjuración de Catilina, las batallas en las Galias...) nos acababa llevando, de mano de Torrent, a la misma conclusión: el esfuerzo, el trabajo, el respeto, el conocimiento del mundo y de la cultura, nos hace mejores ciudadanos, mejores profesionales, mejores personas. Y eso que su carácter iconoclasta y guasón no dejaba títere con cabeza: Torrent era muy consciente de la importancia de despertar nuestro sentido crítico; lo hacía al revelarnos los trucos retóricos con los que Cicerón escondía sus propias ambiciones; al desenmascarar que las alabanzas de César a sus enemigos no tenían otro objeto queengrandecer sus propias victorias; a desconfiar de los dánaos de la vida, en suma, et dona ferentes. Pero todo ello con una mirada amable hacia todos los que nos rodean, sin encasillar a los demás en tribus, grupos políticos, clases sociales o hinchadas deportivas. Él mismo se jactaba de ser ferviente católico y recalcitrante republicano, rompiendo así todos los esquemas que la sociedad nos intentaba ya imponer; siempre dispuesto a la crítica, pero con iguales dosis de acidez como de cariño, acuñaba malvados aforismos, como el ya mítico que enfrentaba etimología de «maestro» (que viene de magis) frente a la de «ministro» (que viene de minus).

Como leí en un sentido homenaje que un autor anónimo le dedicó en Internet 3, creo que si en la España de su juventud hubiese habido más como él, no se habría producido jamás una guerra civil.

Pero su festiva labor docente estaba fundada en sólidos cimientos. Como indicio de ello dejó escritas obras donde volcó su profundo conocimiento de la lengua y la cultura latinas; baste citar su traducción de Estacio para Gredos 4 o de Plauto para Ediciones Clásicas.Pero sin duda su obra más difundida es su manual de latín, posiblemente el más utilizado en los institutos de bachillerato españoles; obra que constituye el mejor método docente de gramática española y latina que yo haya utilizado jamás, incluso (lo confieso) cuando cursé mis estudios de Filología Clásica en la Complutense. La obra, editada por una pequeña editorial (G. del Toro), desbordó con su éxito las previsiones iniciales, y así fue durante muchos años reeditada por la Sociedad de Estudios Clásicos. Se pude encontrar en cualquiera de sus múltiples ediciones; seguro que algún conocido del lector lo tiene, si no él mismo.

No obstante el nivel académico y científico de estos trabajos, su ambición no estuvo nunca en la universidad: su devoción fueron siempre los alumnos de instituto, y el cultivo de la docencia como la más bella tarea a la que se puede dedicar un profesional . El porqué de esta rara circunstancia radica, sin duda, en el hecho más destacable de la trayectoria profesional de Francisco Torrent: la influencia del que fue su maestro de latín, cuando Torrent mismo no era más que un joven alumno del Ramiro de Maeztu: don Antonio Magariños. Todos los que somos discípulos de Torrent nos consideramos también discípulos de Magariños, a quien la mayoría hemos tenido la fortuna de conocer; tal era la reverencia con que Torrent nos hablaba, continuamente, de su maestro. La misma reverencia por la figura del maestro que nos ha contagiado a todos. La misma reverencia con la que sus discípulos profesores de universidad le dedicaron el primer volumen de estudios homenaje que se haya realizado a un profesor no universitario, con motivo de su jubilación.  La misma reverencia que iluminaba los ojos de Torrent cuando en sus últimos momentos el pensamiento no tenía ya la lucidez que su salud corporal mantenía: entonces bastaba decir la palabra «Magariños» para que su mirada se iluminase y dijese, siempre, estas emocionantes palabras: «Magariños es algo maravilloso que nos sucedió a todos».

La misma reverencia, en fin, con que yo veía interrumpida mi clase de latín, día tras día, por la irrupción de ex alumnos de Torrent que venían a contarle que se casaban, que habían sacado la oposición de Notarías, que habían obtenido plaza en la universidad como profesores de griego. Contemplando aquellas escenas académicas cargadas de humanidad, me acabé convenciendo de que, en el futuro, yo no debía ser otra cosa que profesor. Y poder empezar mis jornadas laborales, algún día, entonando la máxima apócrifa con que Torrent empezaba sus clases: «Señores: tres cosas hay en la vida: amor, salud... y latín». Y poder ver a mis alumnos prosperar en su vida con algunas de las herramientas que yo haya podido regalarles.

No quise, no pude hacer una necrológica. Discípulos más antiguos que yo la hicieron, y a sus bellas palabras me remito.

Siguiendo el ejemplo de Torrent, yo no puedo hacer hoy más que reafirmar por escrito mi devoción al maestro, con el permiso y la comprensión de quien hoy es el mío. Contemplando con perspectiva lo que ha sido de mi vida, puedo decir que la valoración de mi profesora de Historia se quedó corta: aquellos dos años de clase con Torrent no sólo fueron un privilegio; fueron los años decisivos para mi vida futura.

Y así hoy, en cada clase que imparto en la universidad, intento recordar que cordialidad y seriedad son sus ingredientes esenciales; que el humor en la docencia es algo muy serio; y que enseñar Derecho romano no es más que otro vehículo para hacer mejores ciudadanos, mejores profesionales, mejores personas.

Profesor, donde quiera que esté, esto le va a encantar: que sepa que ha conseguido que en la universidad nadie me conozca como «el profesor Rodríguez Martín»... pues hasta el correo institucional llega con la rúbrica:

«Att. Vicedecano Txomin».

Salutem plurinam tibi dico.

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